(14 de septiembre)
Hoy hemos vuelto a llorar a nuestro perro montañero, a nuestro perro indómito, a nuestro lobo, a nuestra estrella. Su fidelidad absoluta, su nobleza en la melena hirsuta y a al vez elegante, su espera ciega e incondicional hasta que llegamos a la casa tras un largo viaje; su sosiego protector y cancerbero. Ya, sin fuerzas, lo vimos caminar por última vez. Él debía saber que aquello era un desenlace, o que al menos las cosas no serían como antes, fatigoso y postrero. Y aún así nos llevó de la mano hasta el momento de su despedida. Qué insoportable esta ausencia de ti –querido compañero–; qué inoportuna esta casa sin guardián, esta noche sin estrellas.
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