(11 de marzo de 2025)
Este por siempre trágico mes de marzo nos ha traído la noticia de la muerte del escritor, profesor, excepcional crítico de arte y de literatura, maestro y amigo, Andrés Sánchez Robayna. Su ausencia deja un vacío irremplazable en las letras hispánicas del último tercio del siglo XX hasta nuestros días. Su caso es –quién lo duda– el de una de las más altas figuras intelectuales de los últimos tiempos. Su capacidad de trabajo era sorprendente –titánico, incluso–, y su entusiasmo y su fe en la palabra poética entendida como forma de conocimiento era la llama fundamental que lo impregnaba todo. Inútil sería repetir la lista de cuadernos poéticos, ensayos, proyectos de traducción, colaboraciones con pintores, direcciones de tesis doctorales; en fin, la ingente suma de trabajos que se muestran ante nuestra mirada como una alta pirámide inalcanzable. No me equivoco al afirmar que su libro de poemas editado por Galaxia Gutenberg, Por el gran mar, es uno de los más intensos poemarios en lengua española de estas última décadas. Y sus ensayos dedicados al estudio de la obra de Luis de Góngora –Silva gongorina–, o a los poetas grancanarios Cairaso de Figueroa y Alonso Quesada, un ejercicio de escritura crítica de gran alcance. Y de entre sus muchos acercamientos a la pintura, debemos destacar el que acaso es uno de sus ensayos señeros, Jorge Oramas o el tiempo suspendido, también editado por Galaxia, y en el que plantea interrogantes sobre cuestiones cruciales en el ámbito de una pintura que se resiste a ser definida dentro del mero género de la pintura de paisaje o del retrato al uso. Un ensayo que el escritor concibe de la misma manera a como se articula un texto poético; esto es, no aportando conclusiones o soluciones definitivas, sino interrogantes sobre algunas de las incógnitas que la obra de Jorge Oramas –esquematista, vertical, iluminante, diurna por definición– suscita.
La últimas veces que lo vi fue en la ciudad de La Laguna; primero, en la galería de arte Artizar, con motivo de una exposición de la pintora Elena Galarza y, poco después, un sábado por la mañana en el hotel Nivaria. "Don Agustín Millares" –me decía– "solía reservar el sábado para los amigos", y durante un día a la semana "no hacía otra cosa que verse con sus más allegados en un popular restaurante de Las Palmas de Gran Canaria". Sí, hubiese sido una buena idea –dijimos– reunir cada último sábado de cada mes a los más cercanos con el mero pretexto de celebrar la gracia de cada nuevo encuentro. Pero la muerte es siempre ingrata y era imposible predecir su envestida; el equilibrio tenaz de tus últimos gestos. Habrías merecido vivir, Andrés, al menos otros diez años; pero ahora eres tú el poema truncado, la casa sin nadie, la página en blanco del cuaderno aún no escrito, la rosa sobre la losa fría.